Rodrigo Miles, EMBA 2015, es fundador de Reciclado Argentino de PET (RA PET).

Rodrigo Miles estudió ingeniería industrial en el ITBA, realizó un postgrado en Project Management en la Universidad de Belgrano, hizo una especialización en la industria petroquímica en el Instituto Petroquímico Argentino (IPA) y en 2015 cursó el EMBA en el IAE. “La educación continua es fundamental. Como proceso natural uno va perdiendo los conocimientos que se fueron adquiriendo. Hoy el mundo gira mucho más rápido y uno va quedando fuera del último conocimiento. Estar aggiornado y constantemente haciendo cursos es una forma de mantener la mente activa y de capacitarse con las nuevas modalidades”, dice el Aumni.

Comenzó su carrera profesional en la industria automotriz, luego pasó a una empresa de combustibles nucleares y finalmente terminó en la industria petroquímica, en un compañía relacionada con el PET virgen. “Por trabajar en esa empresa tomé contacto con el PET, la industria y su negocio, y luego encontré una fábrica abandonada en Mercedes, provincia de Buenos Aires, y la compré y la restauré”, recuerda. Actualmente, emplea a 15 personas y recicla seis millones de botellas plásticas al mes.

“Haber hecho el máster me sirvió para tomar esta decisión profesional de dejar la empresa y lanzarme como emprendedor. Siempre quise emprender, lo tenía en la mente. El IAE me sirvió en el proceso de crear la empresa. Hay varias cosas que apliqué, que no se me hubiesen ocurrido si no hubiera sido por el máster”, asegura.


«Haber hecho el máster me sirvió para tomar esta decisión profesional de dejar la empresa y lanzarme como emprendedor».

Una de esas fue contratar a mujeres adultas de más de 50 años. “No se me hubiese planteado por inquietud y en el máster hubo una materia en la que analizamos el grupo de gente a la que se le complica más o están más rezagados a la hora de encontrar trabajo, sobre todo en poblaciones muy humildes. Vimos la importancia de prestarle atención a este grupo de gente, que tiene una lealtad que tal vez los chicos jóvenes de 20 años no la tienen. Nosotros contratamos a cinco mujeres mayores que antes dependían económicamente del marido. Están súper agradecidas”, cuenta.

Comenzar de nuevo

Rodrigo tiene una hora de viaje de Garín a la fábrica en Mercedes, donde va casi todos los días. “Fue bastante complicado volverla a poner en funcionamiento porque estuvo abandonada 12 años. Para mí, además, fue un desafío enorme aprender de una cantidad de áreas que no tenía desarrolladas, como la de los fierros, ya que siempre estuve vinculado al área comercial”, admite. La enseñanza le costó perder dos dedos, cuando quiso arreglar una máquina para evitar que la producción frenara.

Hoy, la empresa pasó de reciclar 80 toneladas por mes de PET a 200 toneladas mensuales. “Este crecimiento requirió un capital de trabajo importante, ya que además a todos los proveedores hay que pagarles al día, mientras que nuestros clientes nos pagan a 40, 50 o 60 días. Varios amigos y familiares me fueron prestado dinero, que les fui devolviendo. Las deudas de la fábrica hoy son 30.000 dólares y la idea es arrancar 2020 sin deudas”, señala.

“Estos 4 años de crecimiento fueron monstruosos. Me dediqué a reinvertir las ganancias en la fábrica, para comprar más máquinas y aumentar la capacidad de producción. Como en mi trabajo anterior estaba en el área comercial, tenía una muy buena relación con los clientes. Eso me fue ayudando a crecer. Además, dedico mucho tiempo en la semana para reunirme con los clientes y juntarme con la gente que usa el producto, para analizar cómo mejorar la calidad. Así fuimos ajustando los parámetros y tenemos un producto que es muy bueno y que compite con una empresa que es la más grande de reciclado”, subraya.

Finalmente, Rodrigo sostiene que si bien no le dedica mucho tiempo a tratar de ser legalmente una empresa B, “porque los trámites son un lío y hay que modificar el estatuto”, prefiere hacerlo a conciencia. “Trato de que sea una empresa B, nos va bien económicamente y el impacto medioambiental está en el core business. La tercera pata es la social: con la rentabilidad de la empresa ayudamos socialmente a quienes lo necesitan. Por ejemplo, colaboramos con la Fundación Progresar que trabaja en Derqui, y le pagamos la carrera de enfermería en la Austral a una chica de muy bajos recursos y también vamos a comenzar a pagar la carrera de ingeniería electromecánica en la Universidad de Mar del Plata a otra chica”, relata.

“Por otro lado, quise conocer las casas de mis empleados para saber las condiciones en las que vivían y noté que el supervisor de la fábrica no tenía baño. Entonces, compré los caños, el lavatorio y toda la estructura, y mandé al encargado de mantenimiento a que se los instalara. El impacto social empieza por casa. ¿Cómo vamos a ayudar en una Fundación, si mi supervisor no tiene las condiciones básicas para vivir?”, concluye.

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