*Por Roberto Vassolo

La pandemia ha significado una brutal destrucción de valor en todos los países. Han desaparecido empresas de a miles, los estados nacionales y los particulares han agotado sus ahorros y aumentado sus deudas. La emisión monetaria para amortiguar el impacto, a nivel global, se mide en decenas del PBI de los distintos países. La pobreza ha crecido en todos los países; en Argentina ha llegado a niveles alarmantes del 50% de la población. El mundo quiere dar vuelta la página y volver a crecer, para poder afrontar las demandas de tantos millones de habitantes postergados. Mucho se debate sobre el rol de los mercados y los estados. En Argentina estamos un paso atrás, el debate es bastante más complejo y afectará la agenda política y empresarial de manera sustancialmente diferente. El principal motivo es el diseño del país a la entrada de la pandemia, contrario a la generación de riqueza, y cómo se ha agravado ese diseño en el último año.

Un diseño de país que multiplica la pobreza

Hacer negocios en Argentina enfrenta una contradicción central en lo que respecta al diseño jurídico nacional alrededor de la propiedad privada de los medios de producción. No estoy haciendo una reflexión abstracta o ideológica. Todos sabemos que la Constitución argentina protege la propiedad privada, más allá de un conjunto de limitantes razonables que le impone. El tema es que, en la práctica, los responsables de los medios de producción, las empresas, no pueden ejercer plenamente ese derecho. El motivo es que la presión impositiva total se lleva toda la ganancia teórica. Estos últimos años hemos leído muchas veces cómo el reporte del Banco Mundial indica que la tasa impositiva total sobre la rentabilidad de las empresas de Argentina es mayor al 100%. Un caso muy raro en todo el mundo.

No sorprende entonces que tengamos la menor cantidad de empresas cada 1.000 habitantes (menos de la mitad que en Uruguay y alrededor de un tercio que en Chile), que desde 2010 no haya creación neta de empresas, y que la tasa emprendedora total esté en su nivel más bajo de las últimas dos décadas, según el reporte GEM para Argentina. Tampoco sorprende que desde hace 50 años el producto bruto por habitante casi no crezca, mientras que las personas en situación de pobreza se tripliquen.

Es verdad que hay empresas. El sistema se adaptó, ya que el aumento de la cantidad de impuestos y la presión total fue gradual, y las empresas se acostumbraron a navegar el gris. Por otro lado, hay regímenes especiales que escapan a esto. Pero la consecuencia de esta adaptación es tener a la mitad de la población fuera del sistema formal y un crecimiento exponencial de la pobreza. Sin protección al trabajo es difícil pensar en cuidar la dignidad de la persona humana. Sorprendería que nos sorprendiera que un diseño de país como el que tenemos termine generando lo que se busca: que no haya crecimiento y que haya cada vez más pobreza.

Vale la pena aclarar que esto no sucede en la mayoría de los países de Latinoamérica, ni en China, donde la tasa impositiva total a las empresas es la mitad que la de Argentina, ni en Rusia, donde la tasa impositiva sobre las empresas es aún menor que en China. Peor aún, múltiples países más rezagados de África ya han empezado a corregir esta patología, lo que va dejando a Argentina en un triste lugar casi único a nivel mundial. El país se ha diseñado para el fracaso, y lo estamos logrando.

En espera de un milagro

La post pandemia demanda energía del sector empresarial para el crecimiento. En la situación regulatoria e impositiva actual, solo un milagro hará que en Argentina exista esa energía. Las cámaras empresariales -y el sector empresarial en su conjunto- deben demandar corregir este sinsentido del cual cuesta encontrar ejemplos en el mundo.

Karl Marx condenaba la propiedad privada de los medios de producción. En Argentina le hemos hecho caso. Pero lo hemos hecho “a la criolla”: no fue una revolución, sino un trabajo de hormiga de las estructuras administrativas de los gobiernos nacional, provinciales y municipales que, al no poder arreglar cómo distribuir los impuestos, han ido creando innumerables para no depender de administraciones superiores de otros partidos. O han creado impuestos “transitorios” para la excepcionalidad, que terminaron siendo permanentes.

¿Cuál es la agenda de las empresas argentinas post pandemia? Reclamar que se corrijan estos desbalances, trabajar con la dirigencia política para diseñar un país moderno que recaude sus impuesto desde los individuos y no haciendo inviables las empresas.

Alguien puede preguntarse: “¿Pero no veo un cambio importante en el diseño país en el corto plazo?”. Entonces, no habrá milagro.

*Roberto Vassolo es profesor titular del área de Política de Empresa del IAE Business School. Dirige el Programa EME en Liderazgo Estratégico y el Programa Doctoral en Dirección de Empresas.

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