Guillermo Sparapani, titular de Lulemuu, productora de alimentos saludables y aptos para celíacos, reconoce que sus varias experiencias de empezar negocios de cero le sirvieron para conservar la calma en momentos críticos

A Guillermo Sparapani, DPME 2019, la pandemia le truncó los planes de expansión y crecimiento. El socio gerente de Lulemuu, empresa productora de alimentos saludables, cuenta que tienen lista una planta de 5000 metros cuadrados en el polo industrial de Ezeiza; iban a mudarse en Semana Santa pero tuvieron que recalcular el rumbo. “No es momento de crecer, sino de mantenerse”, dice el Alumni del DPME 2019, que sabe de volver a foja cero.


Guillermo Sparapani, DPME 2019 y Laura

El sueño de la fábrica de galletitas

Todo empezó con el sueño de un chico de tener su propia fábrica de galletitas. Poco después de terminar el secundario, recibió una señal del destino. Lo que los cineastas llamarían un “punto de giro” en el guion: un momento de cambio a partir del cual no hay vuelta atrás para el protagonista de la historia. Guillermo se enteró de que iba a tener un hijo con su novia, Laura. Sus ingresos como repartidor de pan y profesora de danzas no alcanzaban para mantener una familia y decidieron emprender un negocio casero: compraban galletitas al por mayor y las embolsaban en el garaje para distribuirlas en los supermercados del barrio.

El éxito fue tal que alquilaron un local en Villa Luro, y luego abrieron otro y otro… Pronto tenían en sus manos la cadena de galletiterías Mateo, en honor a ese bebé que cambió sus vidas. “En cuatro años llegamos a tener 35 locales entre propios y franquicias. Durante cuatro meses, abrimos un local todos los jueves. Era una locura que se nos fue de las manos y no lo supimos controlar. Hoy haría las cosas de una forma más planificada”, reflexiona Sparapani.

En 2011, dijeron basta y vendieron todo. Era hora de volver al eje, al sueño original. Laura y Guillermo abrieron una fábrica de alfajores de arroz en Lomas del Mirador. Los hacían a mano, con máquinas prestadas.

“Veíamos una tendencia en el mercado hacia el lado de los productos saludables y sin TACC”, afirma el Alumni. El arranque fue difícil; Guillermo admite que no vendían ni un alfajor, hasta que detectaron que la falla no estaba en el producto, sino en el packaging. Otra vez, tuvieron que barajar y dar de nuevo.

Sin dudas, la inversión valió la pena. Relanzaron los alfajores Lulemuu y dos años después sumaron barras de arroz. Hoy, tienen un catálogo de 23 productos, fabrican un millón de alfajores de arroz por mes y 700.000 barritas con semillas. Su crecimiento anual es del 20%.

Consolidaron una extensa red de distribuidores oficiales que les permite llevar sus productos a diferentes provincias, y exportan a Paraguay y Uruguay. Tenían grandes planes para 2020: mudarse a la nueva planta en Ezeiza, y empezar a exportar a Chile, Brasil, Bolivia y Perú, pero eso tendrá que esperar un poco.

“Siento más tranquilidad que en otras crisis”

Guillermo no cree haber estado “listo” para la pandemia, pero reconoce que, al haber arrancado todos los negocios desde cero, siente “tranquilidad para tomar decisiones y transmitirle calma al equipo de trabajo”. “No hay que enloquecer y salir corriendo para todos lados. Si hay que frenar la fábrica porque no se vende, se frenará la fábrica. Eso te da haber pasado por otras crisis”, asegura.

Cuenta que el coronavirus los afectó a nivel crecimiento y distribución. “Vendemos al Interior y hay provincias ‘cerradas’, además de controles rigurosos en las calles para distribuir los pedidos”, dice.

Con respecto al personal en las fábricas, en la primera semana de cuarentena obligatoria decidieron que todos se quedaran en sus casas. En la segunda semana se incorporó el 25% de la gente para producir y que los stocks no se derrumbaran, y hace 10 días empezaron a funcionar de manera normal en términos de producción. Eso sí: con protocolos para aplicar el distanciamiento aconsejado, rotaciones en los turnos de comida, horarios desfasados para evitar que se junten muchas personas en baños y vestuarios, y mucha capacitación y concientización del personal. Una ventaja de trabajar en la industria alimenticia es que la ropa especial, la cofia, el barbijo y los guantes son de uso común.

“La parte financiera no me preocupa”

“Hicimos los números, los flujos de fondos, y estamos viendo cómo reducir gastos para que cierre lo económico. A mí la parte financiera de la empresa no me preocupa. Pero si lo económico no cierra, uno no puede pagar”, afirma Sparapani.

Destaca que en estos momentos hay que mantener la mente en frío, planificar y aprender: “Crisis como estas te llevan a darte cuenta cómo es tu equipo de trabajo, quiénes tenés al lado, qué tan flexible es tu negocio y si hay canales alternativos”. También opina que sale a flote qué clase de empresa –y de empresario– sos, por el manejo del personal y de los proveedores. “Yo estoy dispuesto a pagar sueldos de mi bolsillo. Primero está la gente, y después la ganancia y la empresa. No hay que olvidarse de que esas personas fueron quienes en algún momento te hicieron crecer”, concluye.


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