El profesor Pablo Fernández co-editó el paper “Organizational entrepreneurship, politics and the political”, que salió publicado en el journal Entrepreneurship & Regional Development, en un número especial dedicado al entrepreneurship y a lo político. En base a ese texto, escribió junto con el profesor Alberto Willi esta reflexión para el IAE.

La acción de emprender, entendida como la creación de nuevas formas de organización y, de hecho, de nuevas organizaciones, cuestiona el carácter de lo establecido, institucionalizado y habitual de la vida social. Quienes emprenden desafían lo que se ha organizado de una manera dada (en la que se desenvuelve nuestra vida), para introducir novedad. La interacción de la realidad existente y la acción del emprendedor, la influencia modeladora y estructurante de la primera y la fuerza desbordante y creativa de la segunda, es, desde una mirada política y social, un tema crucial para pensar y repensar nuestro tiempo. 

Asumiendo y proponiendo que uno puede actuar con otros en busca de oportunidades (o incluso crearlas), el movimiento y la acción de emprender se lleva a cabo muchas veces en los márgenes de la práctica humana establecida, en los intersticios de la realidad. Este tiempo y espacio entre lo que es y lo que podría llegar a ser significa que la acción emprendedora a menudo lleva a las personas a los márgenes de lo que es habitual, de lo que sabe y conoce, de la tradición y las costumbres. Quien emprende es, de algún modo, quien convoca a otros a realizar un nuevo espacio, despertando en ellos el deseo de realizarlo. 

El acto de emprender es un proceso que es sólo provisional, evanescente, ya que una vez que las nuevas realidades adquieren carácter de permanente, se convierten ellas mismas en parte de la estructura, es decir, en esa constitución simbólica y (aspiracionalmente) definitiva de lo social. Esa realidad establecida pasa a ser custodiada por los discursos dominantes, defendida por las inversiones realizadas, repetida hasta la naturalización en hábitos y rutinas. 

El espíritu emprendedor como base para la creación de nuevas empresas inevitablemente tiene que convertirse también en gestión: los ingresos y los beneficios son necesarios para una gestión continua de la empresa. Terminado el tiempo de emprender, viene el tiempo de administrar. La convivencia de ambas tareas es compleja y -entre otros motivos- una de las razones por las que el espíritu emprendedor es un fenómeno poco frecuente en las grandes empresas. Pero emprender entendido como creación de nuevas formas de organización, de nuevas realidades sociales, no es sinónimo de empresa económica, a pesar de su frecuente asociación. De hecho, esa asociación no solo es reductiva y empobrecedora, sino que distorsiona y desvirtúa la realidad del acto de emprender. De alguna forma es, en sí misma, una definición sesgada e ideológica. 

Esta identificación entre emprender y empresa económica asocia estructuras organizativas específicas (empresas, mercados), cualidades humanas (asunción de riesgos, audacia, autosuficiencia), normas de interacción social y económica (individualismo, búsqueda de beneficios, competencia) y ciertos efectos (innovación a escala, beneficio, adquisición, movilidad social, creación de riqueza), todo ello expresado en un lenguaje que enfatiza y celebra la acumulación material. En esta concepción devaluada de emprender, el lugar de la curiosidad y la búsqueda (y el deseo, y la seducción) se enmarca en una política de agentes económicos que viven en una individualidad basada en la competencia, decidiendo cooperar con otro solo en base a la existencia de un interés común, convirtiendo todo lo que sea necesario convertir– sus sueños, su familia, sus conversaciones– en formas de capital que se pueden invertir para obtener beneficios en el futuro.

Esos individuos, sujetos de la empresa económica, no eran una descripción empírica. Eran, por el contrario, abstracciones creadas porque funcionaban sin quejarse en modelos matemáticos y simulaciones. Pero de tanto insistir y predicar al hombre económico, muchos hemos creído la ficción, al menos por un tiempo. Así, personas con necesidades, relaciones y afectos se redujeron a individuos con intereses y preferencias; personas con derechos a simples derechos que podían ser esgrimidos contra otros; lo que podía ser una comunidad entre todos (o de personas) se ha convertido en grupos enfrentados cada vez más distantes unos de otros. Y esa distancia entre sectores sociales ha crecido más cuanto más se han diferenciado los destinos educativos, sanitarios, habitacionales de uno y otro grupo. Y así se habla de excluidos e incluidos, aun cuando la exclusión no es total (lo fue en los genocidios que buscaron aniquilar al otro) sino relativa. Es propiamente una exclusión relativa porque cada grupo excluye al otro de algunos espacios y formas sociales, fijando a su vez ciertos tipos de interacción. Y de ahí es cada vez más difícil salir. Y no se sale sin política.

Decíamos al principio que una comprensión más amplia y profunda del acto de emprender es clave en nuestros días. Estamos, tanto en Argentina como en otros países de la región, en estado de (casi permanente) emergencia. Es tiempo de probar cosas nuevas, de emprender, pero emprender entendido como creación de nuevas formas de organización. Emprender en este sentido no adiciona lo social y lo político como un suplemento, sino que los incluye en sus fuentes, son su energía. Así entendido, emprender es esa acción política tan necesaria en nuestro tiempo. Es, al decir de Hannah Arendt, la actividad humana distintiva que pone en marcha las cosas, que inicia cosas nuevas. Según ella, la acción y la palabra –que está íntimamente relacionada con la acción– son políticas ya que son las únicas actividades que se realizan en un mundo con otros, ni a favor ni en contra de ellos, sino junto a ellos. La acción y la palabra, explica Arendt, necesitan la presencia de los demás. La acción se realiza en público, en presencia de otros. La acción es plural ya que es realizada ante aquellos que son iguales y a la vez distintos a quien actúa. En términos de esta misma autora, la acción significa pluralidad, reconocernos juntos y distintos de los demás. Al entrar en la historia, la acción trasciende el carácter limitado de las biografías personales (mucho más de los proyectos individuales), permitiendo a los actores contribuir a la construcción de la comunidad, una comunidad que sobrevive a la persona y que es tarea de todos. 

Terminamos con un ejemplo que creemos ilustra bien esta concepción de emprender que proponemos aquí. Arbusta (https://arbusta.net) es una empresa que brinda servicios de aseguramiento de calidad de software, datos e interacciones a empresas y gobiernos en sus procesos de transformación digital. Arbusta está formada por más de 300 personas, distribuidas en sus sedes de Buenos Aires, Rosario, Medellín y Montevideo. El 95% de sus empleados son jóvenes millennials y centennials que provienen de contextos socio-económicos frágiles, para quienes el trabajo en Arbusta ha sido su primer empleo. Los fundadores de Arbusta explican que ellos buscaron talento donde la industria no buscaba porque sólo veían allí limitación y vulnerabilidad. Lo resume muy bien Federico Seineldín, uno de sus fundadores: “Nuestra visión es la de desbloquear talento, fuerza, energía. Algo que está ahí, que solo hace falta reconocerla. Hay millones de jóvenes de alto potencial, sin formación ni experiencia laboral, que viven en barrios populares y son invisibles para el mercado. Todo esto genera para ellos barreras muy altas para acceder a un trabajo. Arbusta les brinda un primer empleo a partir del cual se convierten en nuevos talentos para la economía digital y la industria del conocimiento, que hoy no cuenta con el talento que necesita. Todos los años hay una necesidad insatisfecha de al menos 10.000 vacantes nuevas que no se cubren en la industria de IT en Argentina, y más de 100,000 en todo Latino América.”

Paula Cardenau, otra de sus fundadoras, detalla: “Mucho más que generar un trabajo, Arbusta facilita un punto de inflexión en la vida de las personas, un cambio radical en su posibilidad de futuro. Los jóvenes que entrenamos e ingresan a trabajar, por lo general no se imaginaban a sí mismos con capacidades para trabajar en tecnología. El trabajo en Arbusta tiene un doble efecto que es muy poderoso: por un lado, los chicos inician una carrera en la industria IT, que es una industria con alto potencial de crecimiento y mucho más valorada que sus opciones pre-Arbusta; y por otro, se produce un desarrollo personal fuerte, porque les permite verse a sí mismos realizando tareas que nunca se habían imaginado que podían hacer; y esto fortalece su autoestima, les permite ir tomando nuevas responsabilidades, liderar proyectos, interactuar con clientes y expandir sus posibilidades. La fuerza transformadora de la mirada de la posibilidad.”

Arbusta existe porque sus fundadores rompieron con una forma de pensar, y lo hicieron a partir de una mirada de posibilidad. Esa mirada de posibilidad, generosa, les permitió, junto con los jóvenes que fueron incorporándose al proyecto (seducidos y atraídos por él), hacer de Arbusta una organización que da oportunidades reales de inclusión laboral. Arbusta rompió barreras y estructuras y se abrió paso en esos intersticios sociales, llenando con su acción de emprender lo que anteriormente era vacío, distancia. Lo que antes era impensado –que jóvenes, muchas de ellas madres, provenientes de barrios y contextos “complicados”, pudieran trabajar en IT, en trabajos de calidad– ahora es una realidad.

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