Del influencer al influenSER: la pista de Liderazgo incluyó tres charlas de personas que dieron un vuelco a sus vidas y que lideran desde su manera de ser.

“Al anotarme en esta pista desligo al IAE Business School de la Universidad Austral, de toda responsabilidad sobre el impacto de los eventos a realizarse durante la misma, sea por la contundencia de las reflexiones, por la crudeza de los testimonios, o por cualquier tipo de transformación personal no prevista”: esto decía el consentimiento informado que los participantes tuvimos que firmar al entrar. La pista prometía impactar y cumplió.

Jerónimo Chemes: “Ir al Impenetrable es viajar en el tiempo”

Él no sabía dónde quedaba el Impenetrable chaqueño cuando cargó su chata con donaciones y emprendió un viaje personal para llevarlas a los más necesitados. Era el año 2008, su mamá había muerto y Jerónimo quiso canalizar tanto dolor en una acción útil.

Jerónimo Chemes

“Tuve una idea sin querer. Juntamos cosas entre mis amigos y me fui a Resistencia en mi camioneta. Pregunté dónde quedaba el Impenetrable y el tipo que me respondió que dijo que me iba a morir. Me metí sin saber qué era”, contó.

No se murió, pero por muy poco. Se perdió en el bosque de barro, con temperaturas de 50 grados, sin aire acondicionado y sin agua. “Ir al Impenetrable es viajar en el tiempo. Es prehistórico. Las personas no tienen nombre, ni agua, ni electricidad, ni nada de lo que tenemos acá. Tienen miedo de que las coman. En la época de la hiperconectividad, a 1.500 kilómetros de Buenos Aires. De vuelta en mi casa en Palermo, mi cabeza explotó. Hice un video y empezó a circular por mail y convencí a unos amigos para volver al año siguiente”, relató.

Empezaba a formarse la ONG La Chata Solidaria. “En 2016 se me prendió una camioneta volviendo. Nosotros estamos dispuestos a no volver. Hacemos más de 1.000 km de barro, pero sabemos que somos el último recurso de la gente que está allí. Si no llegamos, nadie más va a llegar”, afirmó.

Hoy, el equipo de La Chata reúne a un abanico de personas diversas, “que nunca se hubieran encontrado de otra manera”. Pero es un equipo donde nadie es más importante que el otro y, sobre todo, lo que está por encima de todos es el objetivo.

Ford les presta camionetas y ahora no solo llevan donaciones, sino “sabiduría”. “Llevamos profesionales y montamos hospitales en las escuelas”, explicó. Construyeron dormitorios, un comedor y el primer jardín de infantes para niños de 0 a 5 años, donde comen cuatro veces al día. El estilo de liderazgo de Jerónimo queda claro después de su reveladora charla: “Uno viene después del objetivo, que es ayudar”.

Ezequiel Baraja: “Lo importante no es caer, sino no permanecer caído”

“De mis 32 años, 12 estuve detenido”: así empezó Ezequiel Baraja su charla sobre cómo pasó de ser un chico rebelde que tomaba muy malas decisiones, a ser coordinador del equipo deportivo Espartanos.

“Nunca viví en la calle, ni revolví la basura. A mí no me faltaron oportunidades. Iba a un colegio privado, era buen alumno, pero cuando tenía unos 12 años mis padres se separaron. Esto generó una ruptura, me llenó de rencor y me llevó a tomar malas decisiones”, admitió. Se metió en una villa en San Martín y a los 15 años recibió una puñalada en el estómago. Lejos de hacerlo cambiar de rumbo, después del hecho Ezequiel se recuperó y comenzó a delinquir.

“Mi mamá era enfermera, tenía tres hijos y trabajaba todo el día. No tuve contención de parte de mi padre; era incontrolable. A los 16 años fui con un arma a una estación de servicio solo y la policía me disparó dos veces. Otra vez estuve al borde de la muerte y empezó mi camino por todos los institutos de menores; lo que yo llamo la gran escuela delictiva”, relató.

Se alejó de su casa y de su familia, y se fugó de todos los institutos. A los 18 años lo trasladaron a una cárcel de máxima seguridad, con una condena de cuatro años. “Tuve que aprender a sobrevivir adentro de una cárcel, donde las personas viven como salvajes. Encerradas, sin recursos, sin educación y sin trabajo, se retrotraen a un estado primitivo. Pelean por cosas que tengan un mínimo valor”, afirmó.

Ezequiel contó que la estadística de reincidencia es muy alta y que los presos vuelven con un delito igual o peor, nunca menor. “Se potencian”, aseguró. Él mismo estuvo siete meses libre, ya era padre de dos hijos, pero nada le importó: volvió a delinquir y lo condenaron nuevamente a 6.8 años.

“Llegué al complejo penitenciario de San Martín, donde está la Fundación Espartanos. No sabía que adentro de la cárcel se jugaba al rugby. Me alojé en un pabellón de trabajadores, me hice granjero, empecé a descubrir que podía acompañar a otras personas en decisiones. Para tirar todos para el mismo lado, tener una organización. No me daba cuenta de la unión que se genera al trabajar en equipo”, contó.

Ezequiel Baraja

Un día, en una celda de castigo y muy deprimido, empezó a leer Lo que el viento se llevó. “Fue la primera sensación de libertad después de mucho tiempo. Mi cabeza hizo un clic: a qué apunto, qué quiero hacer”, reflexionó. Relató que, al salir del castigo, vio a un grupo, a un equipo que lograba cambiar la realidad de personas sin ninguna expectativa. “Estaban felices. Me invitaron a entrenar y acepté; fue una de las mejores decisiones de mi vida. Jamás había jugado al rugby, fue una segunda sensación de libertad: ya no estoy solo, soy parte de un equipo que busca lo mismo. Canalizar la energía negativa mediante golpes legítimos genera cambios. Me sentí libre, me sentí nuevo. Empecé a mejorar, a jugar. Ahora son 300 los que juegan y me toca ser el entrenador”, dijo.

“Encontré mi mejor versión adentro de la cárcel. En 2015 salí en libertad y con un trabajo: era lo que me faltaba, no iba a volver más al penal”. Ese primer empleo fue en Subway, donde llegó a ser encargado del local.

A nivel nacional, 2.500 chicos juegan al rugby dentro de la cárcel y muchas empresas les dan oportunidades para no volver a la vida delictiva.

Ezequiel fue con parte de los Espartanos a Roma a conocer al Papa y también escaló el Aconcagua en 2018 con otros deportistas. “La vida tenía un segundo capítulo para mí. Una de nuestra frases con los Espartanos es que lo importante no es caer, sino no permanecer caído, tanto en el rugby como en la vida”, concluyó.

Manuel de Abelleyra: “Me comí garrones por mantener los valores”

La vida del último orador de la pista de Liderazgo fue muy distinta de la de los dos anteriores. Una vida netamente corporativa de 25 años. Pero también recibió golpes y atravesó situaciones en las que sus valores fueron puestos en juego.

El Presidente de DirecTV Latinoamérica trabajó 15 años en Walmart. Vivió en Brasil un tiempo. No estaba de acuerdo con los manejos contables, lo manifestó, y con 35 años lo dejaron aislado del equipo hasta que finalmente tuvo otra oferta para volver a la Argentina. “Un año después, explotó el tema contable en Walmart y despidieron a todo el comité ejecutivo donde yo trabajaba”, relató.

De Walmart se fue a DirecTV, donde desde fines de 2017 se desempeña como CEO para Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Uruguay y Venezuela. «En 2018, producto seguramente del estrés, choqué con un auto blindado y casi me muero. Estuve un mes en coma en el FLENI”, indicó Manuel, que es padre de cuatro hijos.

“Me cayó la ficha. Dejás mucho el cuerpo en la vida corporativa”, confesó. Recordó una entrevista que le hizo al presidente de AT&T: “Le pedí un consejo para el día a día y me dijo ´cásense bien´. También le pregunté sobre cómo balanceaba la vida familiar y la ejecutiva, y respondió que no sabía cómo lo aguantaban en su casa, pero que su misión era laboral y la parte familiar la manejaba como podía”.

Manuel terminó contando que ahora está en un camino espiritual y de ayuda a la comunidad.

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